"Hasta un caniche es peligroso si está mal entrenado, y el entrenamiento
no es cuestión del perro sino del hombre. La inmensa mayoría de los perros
se han ganado a pulso un lugar en el Cielo. Descendientes del lobo, amigos
íntimos del hombre, ellos no tienen la culpa de nada."
Cuenta una vieja leyenda hindú que Dios, molesto por haber creado un ser tan
indeseable como el hombre, hendió la tierra y creó un abismo para separar a
los animales -de los que el Hacedor estaba tan orgulloso- del ser humano.
Sólo un animal, el perro, se reveló contra su Creador, y dando un formidable
salto, cruzó el abismo y se reunió con el hombre, su amigo. No podemos poner
nombre a ese perro, ni saber su raza, ni siquiera si tenía un seguro de
responsabilidad civil obligatorio en la Comunidad de Madrid, pero sí sabemos
que ese abismo es lo que llamamos "evolución".
Nadie conoce a ciencia cierta cuándo cruzó el abismo que le separó del lobo,
el tronco común, "canis lupus" y se convirtió en perro "canis lupus
familiaris", pero podemos remontarnos, como hizo el premio Nobel de
Medicina, Konrad Lorentz, al mesolítico, a la prehistoria. Imaginemos un
grupo de hombres primitivos, nómadas que vivían de la caza y expuestos a
formidables peligros. La noche, la hora de las tinieblas, era su enemiga, y
las manadas de lobos un adversario más. Pero ámbos enemigos tenían un `punto
en común que no compartían con ningún otro ser vivo: la organización en
clanes familiares, lo que presume la aceptación de la jerarquía, la sumisión
al jefe.
Jerarquía
Un día un lobo, quizá un cachorro separado de la manada y alimentado por el
hombre, sometió sus instintos naturales a la jerarquía humana o lo que es lo
mismo, ofreció su libertad a cambio de un jornal. Desde entonces el hombre
trabajó con el lobo o mejor aún, trabajó al lobo, en familia. El "canis", ya
can, comenzó como guardés, velando el sueño de su amo. Luego pasó a seguir
el rastro de las piezas heridas -el olor de la sangre- , gracias a una
capacidad olfativa 100 veces mayor que la nuestra. Más tarde, un poco más
tarde, el hombre consiguió doblegar el instinto predador del perro-lobo y
confiarle la vigilancia del ganado. No fue fácil.
Ley de selección
Ya en el neolítico aparecieron, por una simple ley de selección, diferentes
razas de perro adaptadas a las "profesiones". Lebreles para la caza menor y
molosos que no dudaban en ofrecer todo su arrojo en la persecución de
leones. Perros pequeños y ágiles para el llano, grandes y musculosos para
las montañas. De cola larga y recta como estabilizadores para la carrera, de
cola retorcida y sobre los cuartos traseros para la vida en las turberas del
norte de Europa. Cruce de cruce de cruce… una nueva raza, misma especie.
Desde el bulldog hasta el chihuahua, 78 cromosomas.
La primera "prueba" de que el vínculo entre ser humano y perro trasciende
más allá de la simple asociación por conveniencia la encontramos hace 14.000
años, el tiempo en el que se data una tumba hallada en Siria en la que
reposan los huesos de un viejo y su cachorro. El hombre en posición fetal y
su mano izquierda descansando sobre el cuerpo de su compañero. Hace 14.000
años, el hombre convirtió al perro ¿o fue al revés? en su amigo hasta la
muerte.
La muerte tiene un dios para los egipcios: Anubis, cabeza de lebrel, el hijo
ilegítimo de Osiris y Nephthys, que transporta a los difuntos hasta el
reposo eterno. La presencia de la figura del perro en los bajorrelieves del
alto Egipto y en la escritura jerogífica es relevante. Pero fueron los
griegos los que introdujeron al perro como animal de compañía, la gran
conquista del hombre, la que más satisfacciones le ha dado. La profesión de
perro la aprendió el lobo a través del los siglos y con los siglos llegó a
ofrecer al hombre la mejor de sus calidades que se resumen en un sencillo
verso de Lord Byron: "Al pobre perro, tan leal amigo en la vida, el primero
en la bienvenida, el último en la defensa". Este era el epitafio de su
perro, pero pudo haber servido para hablar de "Argos", el perro de Ulises.
Cuenta "La Odisea" que cuando Ulises se hizo a la mar, dejó tras de sí un
leal amigo: Argos, un perro cazador que tras la partida de su amo se tumbó
en un rincón y se abandonó a la nostalgia, apesadumbrado, sin recibir
atenciones de nadie. 20 años después Ulises volvió a Itaca, disfrazado como
un pordiosero para comprobar la fidelidad de Penélope. El único que le
reconoció fue Argos que al olfatear a Ulises se levantó de su jergón de
pobredumbre, tullido y casi ciego, y fué al encuentro de su amo. A dos pasos
de él, el corazón de Argos, loco de alegría, se rompió. A los pies de
Ulises, y sin seguro de responsabilidad civil, quedó el único amigo del gran
héroe griego. Argos fue un perro de Byron, un pobre perro, leal amigo, el
primero en la bienvenida.
Desde Oriente a Occidente, el perro se fue ganando un sitio de privilegio en
la vida del hombre. En China llegaron a ser considerados como nuestros
antepasados, e incluso los perros imperiales estaban en íntima armonía con
Buda. En Japón hubo un tiempo, en el siglo XVIII, en el que cualquiera que
matara a un perro era ejecutado en el acto.
La domesticación del perro cambió su registro en la época del imperio
romano, cuando la milicia se dio cuenta del enorme potencial que tenían los
canes, especialmente los más grandes, para las labores de ataque y defensa.
Bajo la sombra del águila imperial, y con la vista siempre puesta en la loba
que amamantó a Rómulo y Remo, los perros vivieron en las legiones romanas
como auténticos soldados, impresionando a tribunos y emperadores, y
ganándose un lugar entre el Senado y el Pueblo. Cuentan varios cronistas
romanos que cuando Julio César desembarcó en Bretaña se encontró con los
mastines, posiblemente traídos por los fenicios. Quedaron tan impresionadas
las huestes del águila con la combatividad de los enormes molosos, que los
llevaron a Roma para participar en los festejos del circo máximo.
Máquina de combate
Con la expansión del imperio, la inmesa mayoría de los países empezaron a
adoptar al perro como máquina de combate. Los celtas tenían regimientos de
perros, armados con collares de púas y recubiertos con corazas, que saltaban
a los cuellos de la caballería enemiga.
Los romanos fueron los primeros que establecieron una relación de las razas
que existían en aquel momento, separando las puras de las mestizas. Esto no
se basaba en simples leyes de belleza, sino en la disposición de los canes
para efectuar los trabajos encomendados. De Roma y su relación con los
perros hemos recibido uno de los más importantes legados: el "Cave Canem", o
"cuidado con el perro". Lamentablemente, la advertencia también iba dirigida
a los cánidos, que eran considerados animales dignos para ritos y
sacrificios.
Mientras la humanidad se acercaba a la Edad Media, los perros se adentraron
en una zona oscura en la que perdieron buena parte de sus privilegios.
Continuaron con la distinción clásica entre lebreles y molosos, pero al
margen de su participación en los ejércitos de medio mundo -sólo hay que
recordar que en una de las crónicas de los viajes de Marco Polo, el
navegante veneciano aseguraba que los tártaros poseían más de 5.000 perros
de raza-, la vida de los canes valía poco, casi tan poco como en la
actualidad, seguros de responsabilidad al margen.
A pesar del oscurantismo del Medioevo, la cristiandad y más concretamente el
santoral, vinieron a echar una pata a los perros. Aunque considerados por
algunas supersticiones como la encarnación de Satanás (se decía que cuando
un caballero caía en pecado mortal recibía la visita de un perro negro que
le auguraba una muerte cercana), muchos santos encontraron una fuente de
fidelidad en el perro. Así, San Roque, atacado por la peste, abandonado por
todos, sólo tenía la compañía de su perro "Reste", que le lamía las llagas.
El perro, del que los hombres de la Iglesia dicen que tiene un "soplo
divino", está en los altares, aunque sea como acompañamiento, lo que
contribuyó a que, al final, venciera su buena fama.
Como ocurrió con los hombres, vencido el período oscuro de la Edad Media,
los perros entraron por derecho propio en un tiempo de bonanza: el
Renacimiento. El mayor lujo de los nobles de la época era la caza, y a las
excepcionales condiciones de los canes en las tareas de hostigamiento de las
presas se añadieron la educación de los animales para que llevaran a cabo
otras labores, como la muestra, el cobro y el rastro.
Desgraciadamente también servían para las peleas, y no sólo en Europa sino
en los más remotos lugares de Oriente, donde se criaron las más temibles
especies de perros. Obedientes hasta la muerte, ciegos en el combate,
siempre atacando de frente. Las peleas entre perros o entre perros y
animales feroces empezaron a incorporarse a las fiestas de las ciudades. El
dato es escalofriante para nuestros usos: espectáculos en los que la muerte
del perro era el ideal comenzaron en Inglaterra en el 1209 y no fueron
prohibidos hasta el año 1835. Pero proscritos no significa que no se sigan
celebrando.
Hay momentos en los que uno puede llegar a pensar que aquella leyenda hindú
con la que empezaba el reportaje va más allá de ser un cuento para niños. El
hombre ha redescubierto a los molosos, después de haber concentrado sus
esfuerzos en criar y educar a los mejores perros que ha conocido la
humanidad. Molosos como el rottweiler, el akita-inu. Perros con claro
instinto de combate, pero perros en los que prima la obediencia en manos de
un buen criador. La responsabilidad nunca es del perro, sino del amo.
Coraje en el frente
El ejército alemán de la Primera Guerra Mundial instruyó a miles de perros
no sólo para que sirvieran con valentía en el frente, sino, sobre todo, para
encontrar a los heridos y volver a comunicar (también lo hacen,
comunicarse), la posición del soldado caído. Se calcula que más de 30.000
soldados encontraron la vida gracias a un perro de rescate.
Desde ahí fue fácil, para la imaginación del hombre, encontrar acomodo al
perro en otras muchas tareas: policía, antiexplosivos, perros guía (todos de
más de 25 Kilos, por lo tanto, potencialmente peligrosos). El siglo XX, a
pesar de la falta de nobleza del hombre, ha sido el siglo del perro.
Integrado en la vida familiar, ha retornado, en cierta manera, a la vida en
las cavernas, la vida en el seno del clan. El perro sigue aceptando la
tutela y la jerarquía del hombre, el jefe de la manada.
Y ha aceptado la jerarquía incluso cuando ha subido a la mesa de un
quirófano para servir como carne de cañón para inútiles experimentos. Animal
de laboratorio, de carne, de tiro, de caza, carrera, montería, guardés,
pastor, salvamento. Soldado, policía, astronauta y, sobre todo, animal de
lujo. No deberíamos olvidar que perro, en hebreo, significa "todo cariño".
Es bueno volver a Byron: "El perro posee la belleza sin la vanidad, la
fuerza sin la insolencia, todas las virtudes del hombre sin sus vicios".
Todos los perros sin excepción.
José A. Fúster
Diario La Razón. Madrid
Domingo 8 - VIII - 1999